Kilómetro Cero

Hoy utilizo el blog para presentaros el último proyecto en el que he estado trabajando: Kilómetro Cero. Ha sido un año de duro trabajo, en el que he contado con la inestimable ayuda de mis amigas para sacarlo adelante, pero por fin puedo enseñarlo al resto del mundo.

Cuento la historia de Daniel, un taxista de Madrid que tiene que ganarse la vida de la única manera que sabe y quiere conduciendo su coche por las calles de su ciudad.
Sin embargo, su novia Julia no está muy de acuerdo con eso de pasar las noches enteras sola, esperando a que aparezca por la puerta.
La Noche de Reyes se ve superada por la situación y sale de su vida. Pero… ¿lo hará para siempre? ¿Serán capaces de llegar a un entendimiento? ¿O por el contrario lo único que conseguirán será poner más kilómetros entre ambos?

Una historia que comienza con un final. Un final que da comienzo a toda una vida de recuerdos. Recuerdos que se forjarán con cada pasajero que suba al taxi de Dani.

¿Y tú? ¿Quieres subirte y dejarte llevar hasta el Kilómetro Cero?

 

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HABITACIÓN 504

El día 15 / 04 / 2015 estreno un relato propio: HABITACIÓN 504

Un relato que después de más de un año consigue ver la luz. Iba a ser un one shot, un fic… luego mi amiguísima Ana Idam, me convenció (tras una conversación de medio minuto) de hacerlo más largo… pero al poco tiempo descubrí Pinterest, y vi fotos… y fotos… y fotos… y mi musa se volvió loca, e hizo comandita con mis betas/amigas/prelectoras… Y nació mi historia. Sep. Mía. Y de Ana Idam, Ela Martí y Nurymisu. GRACIAS… por aguantarme, por leerme, por tirarme de las orejas… ¡OS ADORO! ❤

Hoy os traigo un adelanto, las primeras páginas del primer capítulo. Espero que lo disfrutéis…

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HABITACIÓN 504

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Son las cinco de la tarde cuando, por fin, cierro tras de mí la puerta de la habitación del hotel más lujoso de Florencia.

La reunión con los inversores, para la remodelación de la fachada del Puente Vecchio, ha sido agotadora y un poco tensa. Y además me ha puesto de mala leche. Todos somos conscientes de que estamos tratando con patrimonio de la humanidad, pero, ¡coño!, si quieren que quede bien tendrán que pagar… ¡Vamos, digo yo!

Hay que contratar a Terrarqueos, una de las empresas más prestigiosas en restauración de toda Europa. Un pastón. Además supondrá mi desplazamiento, y quizá el de parte de mi equipo, a Europa por una larga temporada. Otro pastón.

Venirme un tiempecito a Florencia, sin duda alguna, es lo que más llama mi atención… Me gusta Europa, me gusta Italia, me gusta descubrir cosas nuevas. Pero para ser sincera, lo que más me apetece es desaparecer de Seattle durante unos cuantos meses. Nada me ata allí.

Desde que me gradué cum laude en arquitectura y urbanismo todo ha sido un no parar. Apenas tuve tiempo de relajarme un par de días después de terminar la carrera porque enseguida me llamaron para empezar a trabajar en la empresa más prestigiosa del Estado de Washington: Miller and Miller Design Group INC.

No tengo ni he tenido relaciones estables. Nunca. Y la única amiga que me queda la veo más a menudo solo porque ella insiste e insiste hasta la extenuación, que si no creo que pasarían meses entre una llamada y otra. Mi pequeña Hannah… está un poco loca pero la adoro.

Mi familia va a su bola. Mi madre se ha casado por segunda vez y no aguanto a su marido. Y mi padre… es un poco despegado el hombre. Sí, nos llamamos por teléfono, pero poco más.

Soltando un suspiro me quito los zapatos y los dejo caer sin más. Odio los tacones, pero soy consciente de que, en cierto modo, estoy vendiendo una imagen y debo cuidarla. Y eso lo tuve claro desde que recibí mi primer sueldo y me aventuré en el apasionante mundo de la ropa de diseño. Sonrío ante el recuerdo de Hannah pasándome pilas de ropa para que me probara. Disfrutó como una niña el día de Navidad… yo no tanto.

Sin quitarme la ropa me tiro en la cama exhalando un largo suspiro. Cierro mis ojos y me relajo. O al menos eso intento porque empiezo a escuchar ruido al otro lado de la pared… «Vaya, parece que tengo unos vecinos ruidosos».

Doblo la mullida almohada bajo mi cabeza y cojo uno de los libros que apilé en la mesilla de noche. Soy adicta a la literatura romántica, y aunque a simple vista pensarías que soy una frígida sin gracia y quizás incluso virgen, realmente soy todo lo contrario. He tenido varios amantes a lo largo de mi vida, he disfrutado mi tiempo libre a base de sexo consentido sin amor, sin las complicaciones de una relación y con las ventajas de una relación. ¿No es algo perfecto?

Suspiro mientras busco mi página y empiezo a leer intentando por todos los medios encontrar la manera de relajarme, de evadirme.

Suena música en el cuarto de al lado y eso no me deja desconectar. Quisiera meterme en mi burbuja, dormirme y despertar en una isla desierta, lejos de todos, lejos del mundo. Estoy tan cansada… Debería haberme tomado unas pequeñas vacaciones después de la carrera, pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Soy joven, ya tendré tiempo de descansar más adelante.

Han subido la música y se escuchan risas y voces. Es como si cada vez hubiera más gente. Sólo me faltaba que los vecinitos de cuarto montaran una fiesta… Mierda, así no hay quien lea.

Me levanto con total desgana y decido darme un baño. Quizá cuando salga, la panda de descerebrados que están de fiesta antes de la hora de la cena se hayan ido.

Lleno la bañera de hidromasaje y observo la estantería del baño. Hay un millón de jaboncitos y sales que me llaman a gritos. Nunca he estado en un hotel de más de tres estrellas y estoy encantada de la vida con mi nuevo jefe. Me ha mimado un montón desde que puse un pie en su oficina el primer día de trabajo.

Con una sonrisa maquiavélica abro un bote de sales y lo vacío en el agua mientras acciono los chorros de aire. Dejo que el aroma a lavanda inunde mis sentidos y me desnudo despacio. Ya he cerrado la puerta y he colocado mi Iphone en la encimera del baño con una melodía suave.

«Dios… ».

Sentir el agua caliente en mi piel activa mis sentidos. Desearía estar aquí con alguien. Desearía que acariciaran mi piel lentamente, que me tocaran los pechos y que se los metieran en la boca. Quisiera con todas mis fuerzas que alguien colara su mano entre mis pliegues y masajeara con fuerza.

Mientras lo pienso, casi sin darme cuenta realizo los mismos movimientos. Quiero masturbarme. Necesito descargar mi tensión de las últimas reuniones…

Pero algo me lo impide. Un golpe sordo seguido de un grito hacen que pegue un bote en la bañera, haciendo que mi burbuja de sensualidad explote.

Me cabreo. Porque estoy frustrada… Muy frustrada.

Termino de bañarme de mala leche y salgo de nuevo al dormitorio, parece que la fiesta está en el recibidor de mi habitación. Veo que ya son las ocho de la noche y decido pedir la cena al servicio de habitaciones y de paso poner una queja.

Llamadme amargada si queréis, pero no os podéis hacer una idea de lo agotada que estoy. Sólo quiero descansar un poco. ¿Tan difícil es de comprender?

—Hola, buenas noches —digo en tono serio—. Me gustaría que subieran a mi habitación el salmón marinado con verduras. —Tomo nota, Señorita Thompson. —Me dice el empleado con profesionalidad—. ¿Desea alguna cosa más? —Sí —respondo borde—. Quiero poner una queja. Mis vecinos de habitación están organizando una fiesta o algo así. Y esto es un hotel respetable. Vamos, que he pagado esta habitación durante medio mes para poder descansar. Y hoy no lo estoy consiguiendo, precisamente. —Disculpe señorita Thompson. Ahora mismo informo de su queja.

Cuelgo el teléfono y dejo caer la toalla en el centro de la habitación, quedándome completamente desnuda. Retiro las sábanas y me tumbo, esperando a que la música cese por fin.

Y lo hace. Aunque al cabo de unos dos minutos escucho un grito de mujer:

—¡Vieja amargada!

«Gilipollas…», pienso mientras sonrío; al fin y al cabo, me he salido con la mía.

Llaman a la puerta y, sabiendo que es el servicio de habitaciones, me coloco la bata de seda y abro.

Adoro esta bata. El botones entra en el cuarto y repasa mi atuendo… Sep, también adoro la reacción de los hombres al verme con ella puesta. Tras devolver la sonrisa al chavalín, no creo que supere los veinte, junto con un billete de diez euros, cierro la puerta y me siento a cenar.

Ilusa de mí pienso que voy a tener una cena tranquila, pero no. Mis vecinos de cuarto deciden que el tiempo de calma ha terminado. Les escucho reír, hablar y… ¿están saltando?

Termino de cenar intentando que la mala hostia que va invadiendo mi cuerpo no me provoque una indigestión. Pero no lo consigo.

Quizá si hubiera sido otro día no me hubiera importado. Pero hoy…, precisamente hoy, mi paciencia está al nivel del subsuelo. Tiro el tenedor con fuerza sobre el plato y me levanto.

«Vamos, Emily, cálmate —me digo insuflándome ánimos—. Es gente joven haciendo una fiesta. Tampoco pasa nada porque estén haciendo un poco de ruido».

Mi discurso interior se ve interrumpido por una voz chillona de mujer gritando un: “¡Jódete, bruja!”.

Hasta aquí.

Sin importarme mucho mi indumentaria, cojo la tarjetita que abre la puerta de mi habitación, y salgo como una exhalación al pasillo.

Mi viaje en ascensor puede calificarse de… tenso. Estoy bastante segura de que si alguien me rozara en este mismo momento le arrancaría la cabeza de un bocado. Bueno, quizá estoy exagerando, pero ya he dicho que hoy ha sido un día de mierda.

Llego al hall del hotel y corro al mostrador de recepción.

Abro la boca para hablar, pero la mirada que me lanza el hombre que está al otro lado del mostrador me hace ser consciente de mi semidesnudez. Me ciño la bata al cuerpo y pongo mi cara de mala leche.

—Mi nombre es Emily Thompson, y ya he puesto una queja por ruidos y música alta en la habitación contigua a la mía.

—Sí, señoritaThompson. —Sé que está intentando por todos los medios no mirar a mi canalillo, pero no lo consigue, y de vez en cuando deja caer su mirada, como el que no quiere la cosa—. Ya hemos avisado a los huéspedes de esa habitación.

—Mire…, Marco —digo tras inspeccionar la “chapita” con su nombre—. Estoy aquí por viaje de negocios, no por placer, y esa… gente está montando una fiesta al lado de mi cuarto. Es martes. Son las diez de la noche, y mañana tengo una reunión importante. Si ustedes prefieren tener ese tipo de clientes, por mi perfecto. Cancelo y me voy a otro hotel. —Quizá haya elevado un poco el tono de voz y quizá mi subconsciente pueda estar avisándome de que el pobre chico no tiene la culpa, pero ahora mismo me da igual.

—En seguida llamo de nuevo.

Me quedo allí escuchando la conversación en la que los “sí, señor” y los “no, señor” se van sucediendo entre silencio y silencio.

—De acuerdo, señor. —El pobre Marco me mira disculpándose—. El señor Davis va a bajar a hablar con usted.

Abro los ojos como platos y la mandíbula se me descuelga un pelín. Eso no me lo esperaba… Pero reacciono rápido, estirándome, sacando pecho y colocando mi mirada de hielo. Con esta mirada casi mato a un compañero de clase al que sorprendí copiando en mi último examen; si le llegan a pillar, y a mí en el proceso, adiós Matrículas de Honor…

Solo pasan un par de minutos antes de escuchar el timbre del ascensor.

Me giro, lista para saltar a la yugular del que sea. Pero mi pobre y frustrado cuerpecito no está preparado para ver a semejante portento de la naturaleza.

«Santa. Madre. De. Dios»

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